La buena disciplina

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Las situaciones difíciles de nuestras vidas ponen a prueba nuestros recursos y desafían todas nuestras inteligencias, pero, al final, acaban templando nuestro espíritu, entrenando nuestras habilidades y capacitándonos para transmitir lo que hemos aprendido.

Disciplina proviene de la raíz latina discere la misma que da origen a discípulo, que quiere decir “aprender”, y del sufijo “ina” que indica pertenencia o deseo. Disciplinado es, pues, aquel que desea aprender, desde su elección y voluntad y que se dedica a ello.

La fijación de las normas que se han de seguir en determinados ámbitos; como la escuela, el club o el entorno familiar, no se materializa en una conducta sana cuando se fuerza a cada miembro del grupo a acatarlas bajo presión o amenaza. Se consigue desarrollando la clara ventaja de establecer un mínimo orden organizativo y ejecutivo necesario para que todo y todos funcionemos desde nuestro mejor lugar.

Descubrir las ventajas de una conducta más ordenada, en lugar de someterse por temor al poder, es el secreto de una disciplina bien entendida

El secreto de la disciplina bien entendida está en el descubrimiento de las ventajas de una conducta más ordenada, y no en la resignación de someterse por temor a los caprichos de quien detenta poder. Una persona que quiere, por ejemplo bajar peso, deberá aprender a disciplinarse en los horarios y los alimentos que toma. Pero, si en lugar de modificar sus hábitos por el camino de la autodisciplina, pretende solucionar el problema poniéndole un candado al refrigerador, ningún resultado de su dieta perdurará en el tiempo.

Ordenar significa ubicar cada cosa en su lugar, y eso implica ser capaz de decidir que el lugar adecuado de algo puede estar fuera de nuestra casa, fuera de nuestra vida o fuera de nuestras prioridades  aunque solo sea para poder cuidar mejor lo que nos interesa. Cuando, por ejemplo, el dinero escasea, el orden y la disciplina en su gestión se vuelve mucho más importante que la restricción indiscriminada de los gastos. Nunca se trata solo de gastar menos sino organizar nuestra economía, priorizar, valorar lo imprescindible y lo importante para después planificar nuestras finanzas por pobres que sean y actuar autodisciplinadamente en lo cotidiano.

La falta de orden es un error…¡tanto como el exceso! La falta de disciplina también lo es …¡tanto como su exceso! En momentos de confusión hay que detenerse y ordenar las ideas, repensar las metas y repasar nuestras aspiraciones. El orden permite encontrar el tesoro del equilibrio, indispensable para tomar las mejores decisiones. Y una vez que nos hemos decidido, hace falta ser congruentes y disciplinarnos para actuar en consecuencia en nuestra vida de todos los días. La disciplina es una herramienta útil y un gran punto de apoyo a la hora de aprender a privilegiar el resultado final antes que el placer instantáneo de los logros inmediatos.

Autor: Jorge Bucay